viernes, 7 de septiembre de 2012

Me doy cuenta de que uno de mis recuerdos más recurrentes y que más felicidad me provocan es la época en que conocí a Samuel. Una época que en principio fué la peor de mi vida pero que, con distancia, aprecio como ninguna otra. Samuel es y era una persona increíble. Creo que no he conocido a nadie como él. Tan positivo, tan divertido, cariñoso, libre e inteligente. Un gallego que me enseñó a adorar Galicia y todas las cosas del mundo que él contaba con pasión. Alguien que veía posibilidad de grandeza en todo lo que estaba por llegar, que no se detenía, que arrancaba el retrovisor y borraba de un plumazo cualquier condicionante para que todo lo que viniera fuera nuevo a estrenar. Él fué decisivo para crecer, para disfrutar y para creer en mi trabajo. Ahora, que me siento bastante desorientada, que no le encuentro el porqué a mi trabajo, ni la diversión, ni las ganas. Recuerdo más a menudo a Samuel, recuerdo la alegría y la energía y la siento cerca como si la reviviera soplando unas brasas que aún están encendidas. A veces me parece que todo ha ido a peor desde el año pasado. Que he perdido mi intensidad. Que he desviado mi atención de las cosas que tanto me gustaban y que ahora no encuentro el camino hacia ellas. Otras veces pienso que la vida son etapas, pero no... ésta desgana no es propia de una etapa concreta. Esta desgana hay que quitársela a base de disfrutar con todos los sentidos de las cosas que te gustan, sin pereza, y de querer mucho a todo el mundo. A la familia, a los amigos, a todo lo bueno sin esperar que llegue un momento mejor. P.D. Este año para reyes me pido un mundo lleno de samueles.