Hace mucho tiempo que me da miedo abrir la boca para decir que estoy contenta o que las cosas van bien.
Parece que automáticamente se active un mecanismo exterior para que todo se tuerza. Es frustante, de verdad.
5 horas y media de coche contando molinos de viento. Y sólo soy capaz de pensar cuánta gente sonreirá cuando pasan al lado de esas filas de molinos y cómo hablarán de lo increíble del paisaje...
Estoy muy enfadada conmigo porque no logro encontrar el camino, ni siquiera el principio del camino.
Estoy enfadada por estar enfadada. Por no irme de viaje, por no mandarlo todo a la mierda, por no ser capaz de evitar que se me cuelen en sueños las únicas cosas en las que no debo pensar, cosas que ya no existen.
Estoy enfadada porque no dejo de echarme la culpa de todo y el sentimiento de culpa no hace feliz a nadie.
Estoy enfadada por no ser más detallista, porque no me apetece pintar, porque a veces no me apetece ver a nadie, porque ahora cuando me viene el mal rollo simplemente me duermo, me duermo para no pensar y eso no es muy inteligente.
Estoy enfadada porque sé que no soy así y no se con qué o con quién he de pelearme para que esto cambie.
Estoy enfadada por no dejarme escribir con libertad donde me dé la gana y porque me parece que no está bien que me enfade tanto este domingo.
Pero no consigo fijar la mente en un punto. Quiero proyectarme en las cosas que hago. Quiero querer las cosas que hago.
Voy a empezar a querer las cosas que hago y voy a empezar a hacer solo las cosas que quiero.
Y espero que eso sea mañana, aunque sea lunes.
La psicoanalista me dijo que le da la sensación de que hace siglos que descuidé mi estado emocional, como si hubiera dejado de prestarle atención, como si hubiera otros estados emocionales más importantes para mí que el mío propio. Y yo no entendí nada. No lo entiendo.
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